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segunda-feira, 4 de setembro de 2017

Europa lucha para que no tengas que cambiar de ‘smartphone’ cada dos años

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El Parlamento Europeo quiere perseguir la obsolescencia programada. Algunas empresas ya se están poniendo las pilas para aumentar la vida útil de los productos.
 
 
Madrid,
 
Existe realmente la obsolescencia programada? ¿Se diseñan productos con la intención de que su vida útil expire antes de lo debido para que sean reemplazados por otros? Puede que haya empresas que lo hagan. O que se trate más bien de que la obsesión por abaratar costes redunde en calidades cada vez peores. Lo cierto es que, hasta ahora, los productores no han estado obligados a dar información sobre hasta cuándo serán actualizables, por ejemplo, los móviles o los ordenadores. Tampoco han tenido por qué certificar que todos sus componentes se pueden reparar por separado, ni garantizar que las piezas de repuesto estén disponibles.

El Parlamento Europeo ha puesto orden en el asunto: el pasado mes de julio instó a la Comisión a tomar medidas que incentiven la comercialización de productos de alta durabilidad. Entre ellas figura la difusión de una etiqueta voluntaria que se sume al sistema de garantías donde se indique la fecha de caducidad de todo: impresoras, tabletas, lavadoras, camisetas... “Si ni siquiera definimos el problema y reconocemos que hay uno, se hace complicado tomar medidas al respecto”, dice el eurodiputado Marco Zullo, del grupo Europa de la Libertad y de la Democracia Directa.


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Hay emprendedores que ya trabajan en esta línea. A Alejandro Santacreu, fundador de la empresa finlandesa Circular Devices, se le rompió el botón de inicio de su Iphone en diciembre de 2012. Pese a que estaba en garantía, Apple le negó la posibilidad de repararlo. Santacreu descubrió entonces que el coste de este tipo de reparación ascendía a los 160 euros, cuando el del botón no llegaba a los tres. La diferencia de precio, pensó, probablemente estaba relacionada con el hecho de que durante la reparación se tenían que cambiar otras partes: el móvil no estaba diseñado para ser reparado. Dos años después, Santacreu fundó Circular Devices con el objetivo de desarrollar un modelo licenciable de smartphone modular. “Los finlandeses pensarían que estaba un poco loco: ¿Nokia cayéndose a pedazos y tú quieres hacer móviles en Europa y encima modulares?”, dice al detallar que el desarrollo de PuzzlePhone sigue en marcha. Su lanzamiento estaba previsto para este año, pero admite que no llega. Se reserva la fecha de conclusión del proyecto.

La idea de crear smartphones de este tipo, cuya vida útil es potencialmente muy larga, se hizo muy popular hace unos cuatro años y prometió ser revolucionaria. Incluso Google se lanzó a la piscina con Project ARA, un desarrollo que abandonó a principios del pasado septiembre. Entre las pequeñas startup que empezaron a trabajar en ello, solo la holandesa Fairphone ha conseguido comercializar un móvil completamente modular. Desde la sede en Ámsterdam, Bibi Bleekemolen detalla que la empresa, cuya andadura arrancó en 2015, ha vendido unos 750.000 Fairphone 2 e ingresado 18 millones de euros.

Fairphone 2 es el segundo modelo producido por la compañía y resuelve, según reconoce el propio Bleekemolen, un error cometido con el primero, lanzado en 2013. “Entonces tuvimos que adaptarnos a un diseño no modular preestablecido y la empresa que lo ensamblaba decidió dejar de producir smartphones”, explica. Resultado: algunas piezas de repuesto del Fairphone 1 ya no están en stock. Una obsolescencia involuntaria a la que Fairphone espera haber encontrado una solución.

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Las dificultades encontradas por estas empresas sugieren que no es sencillo cambiar el sistema de producción. El hecho de que Google haya abortado su misión añade la sospecha de que este tipo de inversiones quizás no sean rentables. Pero, ¿de verdad es así? La mitad de los 3.000 encuestados el año pasado por el Comité Social Europeo admitió que estarían dispuestos a pagar más por un móvil con una certificación que le garantizara una mayor vida útil. Este porcentaje llega al 77% en el caso de las impresoras. Hace dos años, una encuesta de Gallup informaba de que tan solo el 2% de los encuestados “cambiaba su smartphone en cuanto sale un nuevo modelo”, mientras que el 54% decía que estaba dispuesto a cambiarlo “solo cuando se rompa o se convierta en completamente obsoleto”, es decir, aproximadamente cada dos años. “Entre los usuarios se percibe algo de resignación”, concluye Zullo, “pero no hay ninguna razón para que tenga que ser así”. 

Una práctica con recorrido
 
La obsolescencia programada no es un fenómeno nuevo. Algunas reconstrucciones históricas apuntan a que las primeras empresas en aplicarla fueron las del conocido como Cártel Phoebus (entre ellas General Electrics y Philips), que controló el mercado de las bombillas desde mediados de los años veinte hasta finales de los treinta. El cártel decidió que para generar un mayor consumo se tenían que vender bombillas que estuvieran encendidas hasta 1.000 horas, cuando las posibilidades técnicas permitían fabricarlas con una vida útil de 1.200. Este tipo de especulación ha llegado a ser reconocida como un práctica abusiva en Francia, donde el Parlamento aprobó hacetres años una ley que prevé hasta 300.000 euros de multa para las empresas que la practiquen. Sin embargo, el texto se aplica solo a los productores franceses y no incluye indicaciones técnicas que puedan facilitar su aplicación frente a una denuncia.

“Atajar el problema sería tan sencillo como introducir dentro de la normativa un test de durabilidad de los componentes electrónicos, tal y como se hace para garantizar su seguridad”, dice Benito Moros, de la Fundación Energía e Innovación Sostenible (FENISS). Esta organización defiende que un núcleo familiar con cuatro componentes podría ahorrar hasta 50.000 euros a lo largo de toda la vidas si los electrodomésticos duraran más o fueran diseñados para ser reparados. El Parlamento Europeo estimaba en 2016 que la vida útil de un móvil era de unos dos años. Zullo añade que, de acuerdo con las últimas estadísticas, se ha reducido a menos de uno. “Le pongo un ejemplo. Cuántos móviles tiramos por no poder cambiar la batería?”, se pregunta, y añade: “Es evidente que revertir los hábitos de consumo es complicado, pero también es verdad que las empresas que operan de manera virtuosa son una estricta minoría”.

La UE se empieza a mover

Dentro de unos tres años los países del club europeo generarán unas 12 millones de toneladas de residuos tecnológicos. Un crecimiento de un 1% en los sectores de mantenimiento y reparación podría generar un beneficio agregado de 6.300 millones de euros, según un estudio del Parlamento Europeo. “Soy sincero”, añade el eurodiputado Zullo, “no veo un futuro rico si no revertimos la tendencia a consumir por consumir”. La petición aprobada por amplia mayoría a principios de este julio se inserta en un marco más amplio de medidas que la UE está poniendo en marcha para revertir los hábitos de consumo sin afectar al crecimiento de las economías. Según Zullo, que ha participado en la iniciativa como representante del grupo Europa de la Libertad y de la Democracia Directa, las medidas incluidas en el texto intentan mejorar la transparencia y crear un sistema competitivo “más sano”, donde la durabilidad se incluya en los parámetros que justifican el precio.

 


 
 

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