Si el final del siglo XX vio nacer el concepto de la economía global,
el XXI ha servido de caldo de cultivo para el alumbramiento de una
nueva etiqueta, el consumo asociativo, una forma diferente de entender
el mercado, la oferta y la demanda, los productos y servicios, que está
en plena expansión desde 2010 y ha acelerado su crecimiento en los dos
últimos años. Según un informe de la CNMC, la Comisión Nacional del
Mercado y la Competencia, las empresas han invertido 24.300 millones de
euros a escala global en el último lustro para el desarrollo de esta
actividad, de los que 19.000 corresponden a 2015 y 2016. Y el sector del
transporte concentra el 62% de las inversiones, postulándose como la
cabeza más visible de la economía colaborativa.
En segundo lugar, aunque a distancia, se sitúa el
alojamiento, con un 18%, y, en conjunto, se prevé que este modelo de
negocio rupturista llegue a facturar 335.000 millones de euros en 2025.
La consultora británica PwC lo expresa de otra manera: en la misma
fecha, el 64% de adultos participarán en el consumo asociativo.
Coches
de uso compartido, usuarios interconectados que crean comunidades y
hasta alternativas para que el vehículo se convierta en fuente de
ingresos. Son solo tres ejemplos de las posibilidades que brinda la
economía colaborativa aplicada a las cuatro ruedas. Su auge puede
explicarse por la crisis de 2007, que mermó la renta de los consumidores
y su acceso al crédito, y también por el cambio cultural asociado a la
era digital, que se traduce, entre otras cosas, en la preferencia por el
uso antes que por la propiedad.
'Carsharing'
Es uno de los ejes principales del consumo asociativo
relacionado con la movilidad. Engloba a compañías como Blablacar,
Amovens y Bluemove, entre otras. Sócrates Domínguez, responsable de
comunicación de esta última, opina que "el consumo asociativo tiene gran
futuro, y puede aportar beneficios ambientales y sociales, porque cada
coche dedicado al uso compartido puede llegar a eliminar de 10 a 17
vehículos particulares". La empresa opera en Madrid, Barcelona y Sevilla
desde finales de 2010, y tiene una flota de 300 modelos repartidos por
las tres ciudades. Trabajan con automóviles propios, que se alquilan por
horas, y, como señala Domínguez, se diferencian de otras alternativas
de carsharing urbano (Car2Go, EMOV) en que su foco de actividad
está en la "movilidad interurbana: el trayecto ideal para utilizar
nuestros vehículos sería de la ciudad a las afueras". "No damos cifras
de facturación, pero en los últimos años nuestro crecimiento alcanza
tres dígitos", concluye Domínguez.
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